En el año 600 a.C., el filósofo griego Tales de Mileto realizó un descubrimiento que cambiaría la historia de la ciencia: al frotar un trozo de ámbar con piel de animal, observó que atraía plumas y partículas ligeras. Aquel fenómeno, que él bautizó con el nombre de elektron —la palabra griega para el ámbar—, fue la primera observación documentada de la electricidad estática. Más de 2.600 años después, esa misma fuerza invisible sigue siendo una de las causas de incendios y explosiones en entornos industriales de todo el mundo.
La mayoría de personas han experimentado alguna vez una pequeña descarga al tocar una puerta metálica o al quitarse un jersey de lana en la oscuridad. Ese chispazo inofensivo en la vida cotidiana puede convertirse, sin embargo, en un peligro mortal cuando se produce en presencia de gases inflamables, vapores o polvo combustible. De hecho, la energía mínima necesaria para encender una mezcla de gases inflamables con el aire es de tan solo 0,25 milijulios, una cantidad de energía tan pequeña que resulta prácticamente imperceptible para el ser humano.
Por qué el cuerpo humano acumula electricidad estática
El cuerpo humano es un conductor eléctrico sorprendentemente eficiente: somos aproximadamente un 60% agua. A pesar de ello, en determinadas condiciones podemos acumular cargas electrostáticas considerables. Esto sucede principalmente por dos mecanismos: el contacto con equipos o materiales ya cargados electrostáticamente, y la inducción, es decir, la proximidad a objetos que ya poseen carga eléctrica.
Acciones tan cotidianas como caminar sobre un suelo aislante, quitarse una chaqueta de tejido sintético o simplemente moverse en el interior de un vehículo pueden generar diferencias de potencial de miles de voltios en el cuerpo humano. En un ambiente seco —como los que se dan habitualmente en invierno o en espacios con climatización artificial—, estas cargas se acumulan con mucha mayor facilidad porque la humedad del aire, que normalmente ayuda a disiparlas, resulta insuficiente.
La chispa que nadie ve: el peligro en atmósferas explosivas
En entornos de trabajo habituales, una descarga electrostática no pasa de ser una pequeña molestia. Pero cuando esa chispa se produce en una zona ATEX (Atmosphères Explosibles), las consecuencias pueden ser catastróficas. Las zonas ATEX son áreas de trabajo donde la presencia de gases inflamables, vapores, nieblas o polvo combustible puede crear una atmósfera capaz de explotar ante una fuente de ignición.
La normativa europea, a través del Real Decreto 681/2003 —que traspone la Directiva ATEX 1999/92/CE—, obliga a los empresarios a evaluar los riesgos específicos derivados de atmósferas explosivas y a adoptar medidas preventivas. Una de las fuentes de ignición que contempla específicamente esta normativa es la electricidad estática generada por los trabajadores o el entorno de trabajo. Por ello, la propia norma exige proveer a los trabajadores de calzado antiestático y ropa de trabajo adecuada que no origine descargas electrostáticas.
Qué actividades presentan riesgo de atmósferas explosivas
Quizá la primera imagen que nos viene a la mente es la de una refinería petrolífera o una estación de servicio. Pero la realidad es que el riesgo de atmósferas explosivas está presente en muchos más sectores de los que podríamos imaginar. En la comarca del Penedès, por ejemplo, la industria vinícola y productora de cava utiliza disolventes y productos químicos en procesos de limpieza y desinfección, y la fermentación genera atmósferas que es necesario controlar. Las empresas del sector alimentario, cada vez más presentes en la zona, manipulan polvo combustible —harinas, almidón, azúcar, cacao— que, en suspensión en el aire, puede generar atmósferas potencialmente explosivas.
Más allá de nuestro territorio inmediato, las actividades con mayor riesgo incluyen: refinerías y plantas petroquímicas, estaciones de servicio, aeropuertos, industria alimentaria, pintura industrial, transporte y suministro de gas, industria del plástico, metalurgia, soldadura, fundición, electromecánica y electrónica.
Cómo funciona la ropa antiestática: la tecnología de los hilos de carbono
La ropa de protección antiestática está diseñada para impedir la acumulación de cargas electrostáticas y disiparlas de manera segura hacia tierra. Pero, ¿cómo consigue un tejido liberar electricidad estática?
La clave reside en los hilos conductores que se entrelazan con las fibras convencionales del tejido. Estos hilos, generalmente de carbono, fibra de acero inoxidable o fibra metálica, forman una cuadrícula o rejilla conductora que cubre toda la superficie de la prenda. Esta red crea un camino de baja resistencia para que las cargas eléctricas fluyan desde la superficie del tejido, a través del cuerpo del trabajador —recordemos que somos buenos conductores gracias a nuestro contenido de agua—, hasta tierra.
Podría decirse que la ropa antiestática funciona como una especie de «pararrayos corporal»: en lugar de permitir que las cargas se acumulen hasta generar una chispa peligrosa, las canaliza de manera continua y controlada hacia el suelo. Por ello es fundamental que la prenda esté en contacto directo con la piel y que el trabajador lleve calzado conductor con una resistencia inferior a 10⁸ ohmios.
La norma EN ISO 1149-5: requisitos y garantías
La norma europea EN ISO 1149-5:2018 es la referencia técnica que establece los requisitos electrostáticos y los métodos de ensayo para la ropa de protección diseñada para disipar la electricidad estática. Esta norma forma parte de una familia de cinco normas (EN ISO 1149, partes 1 a 5) que abordan diferentes aspectos de las propiedades electrostáticas de los tejidos y las prendas.
Concretamente, la norma EN ISO 1149-5 define los requisitos de rendimiento que debe cumplir la prenda acabada —no solo el tejido— para garantizar que disipa las cargas electrostáticas de manera eficaz y evita la generación de chispas. Esto incluye aspectos como la resistividad superficial del material, la carga triboeléctrica y el tiempo de semidescarga.
Las partes anteriores de la norma (EN ISO 1149-1 a 1149-4) definen los métodos de ensayo específicos para medir cada una de estas propiedades. La parte 5 es la que integra todos estos resultados y establece si la prenda cumple o no los requisitos para ser considerada ropa de protección contra el riesgo electrostático.
Qué debe saber sobre el uso correcto de la ropa antiestática
Un error habitual es pensar que basta con llevar una prenda antiestática para estar protegido. La realidad es que la ropa antiestática solo funciona correctamente si se dan tres condiciones simultáneas: la prenda debe estar en contacto directo con la piel del trabajador, el trabajador debe llevar calzado conductor o antiestático homologado, y el suelo del lugar de trabajo debe ser conductor o disipativo.
Si alguna de estas tres condiciones falla, la cadena de disipación se rompe y las cargas electrostáticas se acumulan igualmente, con el consiguiente riesgo de chispas. Por ejemplo, llevar una camiseta de algodón convencional bajo la ropa antiestática puede aislar la prenda del cuerpo y anular completamente sus propiedades disipativas.
Además, es importante recordar que toda la vestimenta del trabajador debe ser antiestática. No sirve de nada llevar un mono antiestático si la chaqueta que se lleva encima es de material aislante. En entornos ATEX, la protección debe ser integral.
Más allá de la electricidad estática: la protección térmica
La norma EN ISO 1149-5 aborda exclusivamente la protección contra la acumulación de cargas electrostáticas. No cubre, por tanto, la protección contra tensiones eléctricas de la red ni tampoco la protección térmica.
Sin embargo, en atmósferas explosivas, el riesgo no es solo la chispa sino también las posibles llamas que se deriven de ella. Por ello, los equipos de protección individual destinados a zonas ATEX suelen combinar la norma EN ISO 1149-5 con normas de protección térmica como la EN ISO 11612 (protección contra el calor y la llama) o la EN ISO 14116 (propagación limitada de llama). Esta combinación garantiza que, si se produce una ignición, la ropa del trabajador no contribuirá a la propagación del fuego.
Cabe tener en cuenta, además, que en atmósferas enriquecidas con oxígeno, los requisitos de la norma EN ISO 1149-5 pueden no ser suficientes por sí solos. En estos casos, se requieren medidas de protección adicionales.
NAPA Seguretat Laboral: asesoramiento especializado en Vilafranca del Penedès
En NAPA Seguretat Laboral llevamos más de tres décadas asesorando a empresas del Penedès y alrededores en la selección de equipos de protección individual. Disponemos de una amplia gama de prendas antiestáticas certificadas según la norma EN ISO 1149-5, desde monos y pantalones hasta chaquetas y camisetas, adaptadas a los diferentes sectores de actividad presentes en nuestra comarca.
Si su empresa trabaja con atmósferas potencialmente explosivas —ya sea en el sector vinícola, alimentario, químico, logístico o industrial—, le asesoramos sin compromiso para garantizar que sus trabajadores dispongan de la protección adecuada. Visítenos en nuestro establecimiento de Vilafranca del Penedès o contacte con nosotros por teléfono o correo electrónico. Porque la seguridad de sus trabajadores es la mejor inversión para el futuro de su empresa.